Si alguno de los dos hubiera salido, yo ya la tenía esperada.
ANTES de que pueda verse esto como un escrito anti-Maduro -o antichavista, eso queda en el razonar del lector-, sé que el titular a primera vista llame a una condena contra los excesos cometidos por el gobierno venezolano. Sin embargo, hay mucho por donde desmenuzar -"sinónimo" de analizar- antes de llegar a dicho punto.
Dejo claro que mis simpatías al gobierno venezolano, desde la aparición de Hugo Chávez a la presidencia, son reales. Sé que durante su mandato se hicieron actos, hubo cosas que se dejaron de hacer y cosas de las cuales se abusó. Quienes quieran llamarlo a priori dictador o revolucionario, por desgracia, no entra a tallar en el artículo.
Entonces, para tal preámbulo, inicio con que las elecciones en Venezuela han originado un escozor sin límites en aquellos bandos que se proclamaban pro-Capriles. Que "Pajarito" Maduro haya ganado por una escasa diferencia, que sus diferencias con el heredero del chavismo realcen errores y cuestionamientos que parecen omitir o callar con otras naciones -lo cruel que hace China o Estados Unidos, por ejemplo, son igual de condenables- son motivo suficiente como para deslegitimar la elección.
Y es que toda elección, en tanto sea transparente y respetuosa con la voluntad de los electores, es sana. Sea el elegido un asesino en masa, una persona honesta, un criminal o un idiota. No se puede legitimar un acto que en la práctica ilegitime las elecciones.
Pero eso pareciera que los periodistas peruanos anti-Maduro han querido expresar. Desde un rechazo para entender que "Niki" no es bienvenido, existe en el discurso mediático el ímpetu por desear a una "Fuerza Todopoderosa Democrática" -llámela Estados Unidos, si quiere-.
Lo primero que omiten estos periodistas -Álvarez Rodrich, Rosa María Palacios, et al- es que sólo, y sólo el pueblo venezolano tiene la potestad de rebelarse contra su presidente. Lo odioso en Maduro fue ensartarse como presidente bajo encargo. No correcto. El presidente del Congreso debió estar en el interín. Pero si a los venezolanos les dio igual, son ellos quienes deben asumir sus consecuencias -sea la elección el mejor futuro para la nación del joropo, o su peor desbarranco-.
Eso dice mucho de lo segundo: El silencio a la crítica electoral. No puedes criticar a presidentes de manera tan abierta sin dar con palo a los ciudadanos. Un presidente es ladrón porque su pueblo -ponte lejía, alcohol y veneno en la herida, eso no aminorará el dolor- en parte lo es. Ahora, no es que existan los electarados -sorry, Aldo-. A la población no se le califica por inteligente o idiota. Vive del momento. Pero su mente está en constante (d)evolución en tanto se les forme.
Así ¿Van a decir que los venezolanos merecen ser revocados?
Es cierto que, llegado a un punto, la oclocracia usurpa las instituciones gubernamentales. Sin una población que exija resultados a corto, mediano y largo plazo en aspectos tan relevantes como el contrapeso y el saneamiento de su burocracia, a la larga termina enquistándose la corrupción -capitalista o comunista, en un estado elefantiasico o chiquito- y hace lo suyo en desmedro de los demás. No puedes exigir un gobierno -que no digo democracia, que me basta un gobierno respetuoso de su población, sus leyes y sus aparatos para que sea bueno- si no sacrificas algo por éste.
Es entonces cuando se observa también que en Venezuela existe lo reaccionario. Miembros pro-Maduro andan en caza de brujas para "dar de baja" a falsos rojos: Gente que dice apoyar el chavismo, pero vota por Capriles. Esto, que sucedió en cualquier sociedad posrevolucionaria, es insano para un país que necesita despolarizarse y reconciliarse, que necesita entender y respetar las diferencias ideológicas.
¿El camino a Venezuela será fácil con Maduro? No. ¿Con Capriles? Quién sabe. ¿Qué le queda al presidente "Pajarito"? Reordenar el estado. Hacerlo más eficiente. En tanto su burocracia responda a lo que necesita dicho país. Enfrentar las "atrocidades" de Chávez -corrupción, seguridad interna, alimentos que escasean- para recordarle como el "Hijo de la revolución".
(Sonó huachafo. Lo sé).
Retomando el título ¿De qué democracia se habla, cuando hablan los periodistas?
El problema es que tal palabra ha perdido fuerza, tanto en el desgaste por su perversión -"eres demócrata si eres mi amigo, no eres demócrata si no lo eres"-. Para que el lector se haga una idea de tal concepto, pero el concepto que los periodistas quieren revestirle, debe estudiar las fuentes de opinión que sustentan tal afirmación. Apoyarse en rusos da una idea, en norteamericanos también.
Lo imposible de la semana: Alianza fuji-caviar contra Maduro. En un evidente acto contranatura -del cual ninguno dudó en desprenderse hasta que Capriles comparó Venezuela de Chávez con Perú de Fujimori-, ambos han quedado chamuscados. No es la coalición del FREDEMO, o la de aquella combi electoral llamada Cambio Radical -cuántos habanos habrá quemado Barba Caballero tras la desazón sufrida-. Que organismos de Estados Unidos financien la Sociedad Interamericana de Prensa puede obscurecer la independencia de dicha institución, porque más se le ve como caballito de batalla de sus intereses antes que una opinión divergente y respetable.
La elección en Venezuela, tal cual, ha matado el concepto "armonioso" tenido por democracia. Nunca el debate se había vuelto tan convulso en Perú desde inicios del 2000.
Los presidentes de la Unasur han preferido -como dice Manrique- legitimar a Maduro antes de que se vuelva fácil alguna otra intrusión del gobierno norteamericano en la agenda democrática de América Latina. Es entendible.


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